Crítica


Bélgica Suzanne De Rudder, «Lettre à Begoña», 18 de junio de 2001

Bruxelles, le 18.6.01 

Petite amie,

Tes oeuvres sont pour moi une recherche d’équilibre entre l’Intelligence et l’Esprit. Du point d’énergie pure que nous possédons en nous tu fais jaillir un Univers apparent en continuel mutation.

Tu crées des situations, des évènements au travers de couleurs éblouissantes mais aussi parfois inquiétantes. L’infini des formes, des objets, des personnes devient ainsi une affirmation, relative car il semble perpétuellement en recherche de quelque événement autre que celui qu’il représente.

Ta peinture bouleverse des valeurs acquises aux cours de siècles de conformisme. En d’autres termes, tu prends conscience de ton individualité en projettant sur la toile une réalité que ton «Être» a besoin de conceptualiser par l’art de la peinture.

Bruselas, 18 de junio de 2001

Querida amiga:

Tus obras son para mi una búsqueda de equilibrio entre la inteligencia y el espíritu. Del punto de energía puro que poseemos haces brotar un Universo aparente en continuo cambio.

Creas situaciones, sucesos a través de colores deslumbrantes y también a veces inquietantes. El infinito de las formas, de los objetos, de las personas se convierte en una afirmación, relativa porque parece en búsqueda permanente de algún acontecimiento diferente del que representa.

Tu pintura trastoca los valores adquiridos a lo largo de los siglos de conformismo. En otras palabras, tomas conciencia de tu individualidad proyectando sobre la tela una realidad que tu «Ser» necesita conceptuar por el arte de la pintura.


España José Manuel Boné: «Las claves de la pintura de Ceballos» (24 de enero de 2003)

La profundidad de su pensamiento no logra acallar la fuerza de su pintura. Porque su renuncia ética y estética es un conjunto vacío. Pero muy a su pesar, porque su pintura está escrita con mucho dolor, y hasta con sangre.

Ceballos nos traslada a un mundo apasionante, en el que su voluntad prima sobre el intelecto. Frente al universo lapidario y monolítico del intelectualismo aristotélico, Ceballos muestra el carácter poliédrico de la existencia humana. Su pintura es el desgarrado grito que reclama la desaparición de los universales, percibidos como auténticas losas en el camino de la libertad. Su pintura es el chillido de horror ante las injusticias sociales y la cosificación de los seres humanos —tantas veces utilizados como instrumentos de los fines de los más poderosos—. Su pintura es, a la vez, una sugerencia y una profecía. Es una sugerencia, porque propone un hombre mejor. Y es una profecía, porque cree que este hombre es probable. Su superhombre es tan humano, tan demasiado humano..., que es realmente posible. Se trata de un pesimismo animoso, porque reclama siempre el hombre que el hombre puede llegar a ser.

Si algo puede definir la pintura de Ceballos es su autenticidad. Los aspectos gestuales y espontáneos de su iconografía proclaman el carácter personalísimo de su concepción estética. Su pintura podrá gustar o no gustar. Pero, su pintura es —definitivamente— distinta. Es absolutamente imposible encontrar siquiera un precedente en uno solo de sus cuadros. Podrán encontrarse antecedentes, pero tan alejados, que son irreconducibles a su plasmación concreta. Cada una de sus obras es un acto singularísimo. Independientemente de que todas ellas presentan, como denominador común, tres rasgos transversales: la fuerza del color, la voluntad expresiva y la energía de su pintura.

Tengo para mí que, a poco que se profundice sobre la obra de un artista, siempre sale a relucir la psicología que destila su biografía personal. Y, en mi opinión, la idiosincrasia de Ceballos se polariza, esencialmente, en torno a dos elementos fundamentales que marcaron su vida: el Agua y el Fuego. No puede ser casual que naciera y viviera en Barakaldo, junto al fuego de los Altos Hornos de Vizcaya y al lado del agua de la ría de Bilbao. El Agua —baste recordar «La dársena de Portu»— representa el instinto de extroversión, la fijación de la mirada en la lejanía. El Fuego —baste recordar «El lingote Bessemer»— representa la introspección, la mirada hacia el interior. De la conjunción de ambos elementos, surge a borbotones la estética —indisolublemente unida a una determinada ética— de Begoña Ceballos. El tiempo nos dirá si la artista Ceballos —inseparable de la persona— ha sido capaz de atravesar la síntesis de los dos elementos, aparentemente antitéticos, de su humus pictórico.

El Arte, paralelamente a lo que decía Camilo José Cela de la Literatura, es un instrumento formidable en manos de los hombres en su camino sin fin hacia la Libertad. La pintura de Ceballos no constituye una excepción.